Los caminos perdidos de Africa by Javier Reverte

Los caminos perdidos de Africa by Javier Reverte

autor:Javier Reverte [Reverte, Javier]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Viajes
ISBN: 9788497932110
publicado: 2011-02-06T23:00:00+00:00


SEGUNDA PARTE

LAS VASTAS ESTANCIAS DE ALÁ

Nunca conocí en África ninguna mañana en que, al despertarme, no fuera feliz.

ernest hemingway, Al romper el alba

Cuando uno se escapa del desierto, el silencio le grita en los oídos.

graham greene, El americano impasible

9

EN JARTUM

El vuelo entre Addis y Jartum dura poco más de una hora. Y el avión va siguiendo, cual si fuera su lazarillo, el curso que abajo traza el Nilo Azul. Desde la altura, lucía el río verde y sensual aquella mañana de febrero, dibujando curvas amplias, un curso de agua que viajaba sin prisas, con cierta fatiga, abriéndose camino suavemente entre el fulgor de los palmerales de las orillas. Y todo alrededor era desierto, tierras rojas y blancas que, en ocasiones, acogían pequeños poblados de casas chatas y grises. Nada hay menos humano en la Tierra que el desierto, y quizá por ello desata pasiones encendidas en nuestros corazones: el rechazo más violento en unos, la atracción más honda en otros. Algunos sentimos que nos disuelve en la nada, mientras que otros piensan que singulariza su ser y lo llena de vigor. Las ciudades y los pueblos del desierto siempre me producen la sensación de que están allí merced a la caridad de un ser invisible, caprichoso y pleno de fuerza que, en cualquier momento, puede cambiar de opinión y arrojarlos de sus vastas estancias.

Y está la luz, la luz absoluta que todo lo devora, que engulle insaciable los perfiles del mundo.

Los viajeros llaman a Sudan Airways, la compañía aérea sudanesa, Inshala Airways, que traducido al español sería algo así como «Compañía aérea si Dios quiere». Es parecido al caso de la tanzana Air May Be o de la congoleña Air Peut-Etre. No creo necesario explicar el porqué de esos apodos. No obstante, Dios es siempre grande para los musulmanes, cosa de la que yo no estoy tan seguro como ellos; pero al menos, lo fue aquel día. Y el desastrado aeroplano nos depositó al centenar de pasajeros sanos y salvos en las pistas del aeropuerto de Jartum. Dios lo quiso.

Al atravesar el portón del aparato para tomar la escalerilla de descenso, el choque con la luz casi me rompió los ojos. Era tal el poder del sol en aquella hora del mediodía, que parecía incluso no existir, no ser sol, sino un objeto muerto dentro de aquel gran espacio cegador. Recordé lo que anotó Paul Bowles al describir el Sahara: «El cielo entero era una cúpula calentada al blanco, el sol era todo el cielo».

La famosa y controvertida Leni Riefenstahl, la cineasta de Hitler, tuvo un choque con Jartum parecido al que yo sentía aquel día, según cuenta en sus memorias. Fue también al abandonar el avión, su primera mañana africana: «El sol, aumentado de tamaño por la neblina y el fino polvo de arena, pendía gigantesco encima del aeropuerto. Aquí comenzaba para mí, lo sentí de inmediato, algo completamente distinto, una nueva vida [...]. A contraluz, vi figuras negras vestidas con túnicas claras que venían hacia mí. Parecían flotar en la luz vibrante del sol, desprendidas de la tierra como en un espejismo».



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